Reflexiones de un viaje inacabado (I)

 “Hay algunas veces que percibes un aroma, o un sabor que te trae recuerdos de tiempos olvidados, una fotografía, o una pipa de hierba, sus ensoñaciones…”

Weednos y verdes días amigas y amigos,

Aquí me tenéis de nuevo escribiendo en este, mi particular Diario de a bordo, o Bitácora como la llamamos los marinos, y que con gusto comparto con vosotros, agradeciéndoos de antemano vuestra paciencia conmigo… A veces soy un poco pesado, pero que vamos a hacer, ya soy viejo y es ahora, el momento en que los recuerdos de mi juventud son más vívidos que nunca, cuando los escribo.

Cuando comencé a colaborar con este blog de Buddha Seeds no tenía muy claro que contaros. Como sabéis escribo para la revista Yerba y eso me condicionaba un poco, aunque en la revista escribo sobre cultivo ecológico. Aquí apuntaré solo mis reflexiones y recuerdos, ¿vale..? También os contaré algunos consejos para vuestros cultivos y comentaremos temas de actualidad de ese apasionante mundo.

Como citaba al principio, a veces algo te trae recuerdos: a mi me pasó la primera vez que fume Syrup, lo recuerdo como si ayer fuera. Hacía mucho tiempo que buscaba ese sabor olvidado de las primeras hierbas que fumé en mi juventud. Para mí, esta planta es especial: la mejor, sin obviar a ninguna de las otras variedades de Buddha Seeds. Syrup me quita el dolor, que algunas veces es molesto; me inspira a la vez que me deja trabajar y, lo más importante para mí, me devolvió la ilusión por la vida.

Hoy precisamente, fumando un peta de esta variedad, he recordado la hierba sudafricana, la de mis 22 años, y la primera vez que la fumé y visité aquella bella tierra.

Syrup de Buddha Seeds
Syrup de Buddha Seeds

La travesía

Hace ya muchos años, unos amigos y yo nos embarcamos en una aventura que me descubrió un mundo nuevo… Nos contrataron como parte de la tripulación de una bella goleta para llevarla desde Ciudad del Cabo a Singapore, una apasionante travesía y más en aquellos años que no existían ni GPS, ni sistemas de navegación, ni nada. Solo radio, sonda, compás y poco más…

Una vez que acabé el curso cogí el petate y tomé un tren hasta Madrid, y desde allí un vuelo con escalas hasta Ciudad del Cabo. Un largo viaje de casi 28 horas. Eran otros tiempos, y la navegación aérea, como la marítima, no tenía los adelantos ni los medios de navegación de hoy en día. Eran tiempos de aventura en los que los viajes duraban lo suyo (algunos de vosotros os volveríais locos). Y también eran tiempos de descubrimientos… ¡Por fin iba a conocer el Cabo de Buena Esperanza! -el de Hornos ya lo conocía, pero esa es otra historia que os contaré en su día-.

Como decía, iba a conocer un cabo mítico de la navegación a vela. Por supuesto, la ciudad no era como es en la actualidad. El olor era insoportable, miseria por todas partes, salvo en la city, Blanca, por supuesto. Jamás en mi vida hasta ese momento, y ya para entonces había recorrido bastante, había sentido el miedo de la gente, el odio y temor de sus miradas cuando se cruzaban con la mía. El servilismo con que me contestó un hombre cuando me dirigí a él para pedirle, por favor, que me indicara el camino al puerto, y la cara que puso cuando le di las gracias, la mano y diez dólares de propina por acompañarme hasta mi destino.

Asombro, perplejidad… esa mirada que pone alguien cuando no se cree lo que está pasando y busca la trampa. No caí en la cuenta hasta más tarde: yo era blanco, y él negro. Aquel breve viaje desde el aeropuerto hasta el barco me marcó una cicatriz en el espíritu. Pero, aunque me afectó en su momento, era joven y la vida sonreía. Era muy fácil olvidar los problemas de los demás cuando al Mar te haces, en tierra queda todo, ante ti, inmensa se abre y la aventura comienza. Aún así, aquel breve suceso quedó guardado en mi mente y hoy día lo recuerdo casi como si ayer mismo hubiera sucedido.

Recordad que en Robben Island, también llamada la isla de las focas, muy cercana a Ciudad del Cabo, hay una prisión en la que estuvo preso durante 18 años el líder del movimiento anti-apartheid y Premio Nobel de la Paz, Nelson Mandela.

En fin, contacté con la gente del barco, me dirigí al puerto y allí estaba un ‘sueño’ atracado, una de las más bellas goletas que he visto. Un simple vistazo me enamoró de ella, sus líneas sencillas, la cubierta de teca corrida, sin alcázar, dos largos mástiles… Toda construida con nobles maderas y brillante bronce. Como dije antes, un sueño para cualquiera.

Desgraciadamente no tengo ninguna foto de esta goleta, ni del viaje, pues perdí todo lo anotado en un suceso que ocurrió durante la travesía, el primer y hasta ahora único naufragio que he vivido: mis cuadernos, mi primera cámara fotográfica reflex, una Asahi Pentax, que llevaba conmigo 6 años (una eternidad por aquel entonces…). ¡Menos mal que yo era un simple marinero de cubierta y no tuve nada que ver con el suceso!. Y otra cosa que no tomé en cuenta antes de aceptar el trabajo, que allí era invierno, que estaba en el hemisferio sur, y tampoco que allí, de mayo a agosto, se suelen formar grandes frentes fríos que vienen del océano Atlántico, y con ellos fuertes precipitaciones y vientos del noroeste. Más el Ansia de conocer otras mares, el Índico fue en lo único que pensé cuando tomé aquella decisión.

La goleta contra el arrecife

Zarpamos con la marea, rumbo Sur cuarta al este, en demanda del océano Índico, y durante tres semanas no hicimos más que maniobrar y ceñir hasta llegar al sur de Mozambique, con un cambio radical de tiempo y vientos del sur oeste que hacía volar la goleta. Duró poco más de una semana. Y durante ese tiempo fui feliz, pues el capitán, con el buen tiempo nos dejó gobernarla a algunos de nosotros… Sentir su canción de viento en la jarcia, acompasado con la suave vibración de la caña, el rumor del agua. Era un capitán holandés, y por supuesto, de fumarse un peta durante las guardias ni de broma. Pero en mis horas de descanso era otra cosa; nada decía, con tal que cuando entrase…lo hicieses sereno.

Pero todo acabó una noche mientras navegábamos entre las Mauricio, y lo hizo un desastre.  Estaba tumbado en la cubierta de proa, fumando un peta, disfrutando de un inmenso y oscuro firmamento lleno de miles de estrellas, cuando este cayó sobre nuestras cabezas, ajajjj…Un error de estima nos dejó clavados a un arrecife y la goleta quedó inmóvil entre un ruido estremecedor, como si se desgarrase, a la vez que todo el aparejo se venía abajo, pillándome debajo. Mi primer impulso fue liberarme de él, correr a popa y mirar a la Mar…Oscuridad total, el capitán jurando en hebreo, arameo y mil idiomas más…Al menos no nos hundimos pensé, estábamos bien atrapados. Afortunadamente cerca había una isla habitada, y no pasaron más de dos horas hasta que llegaron las primeras canoas en nuestro auxilio. La gente que vive en la Mar siempre ayuda a los que  trabajamos en ella. Y digo la gente que vive en la Mar porque es cierto, en ella viven, de ella viven y en ella tiene sus Dioses.

Nos llevaron a tierra a casi todos, mientras el capitán junto a otros oficiales e isleños aseguraban la goleta con varias anclas, y permanecieron a bordo hasta que nos rescataron. Y aquí acaba la historia del viaje y comenzó otro.

Lo primero que descubrí al rayar el día me asombró: Toda la playa llena de lanchas, barcos varados en la arena, Y ni un triste muelle en el cuál amarrar. Lo primero que hice fue dar las…(continuará en la segunda entrega).

Por Adryc Manëllson. @Apez140

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